#63 SÍ apartar lugar

A pesar de su afición por las filas, debo admitir que la Ciudad de México es de los pocos lugares en los que he visto que no es particularmente mal visto que la gente aparte lugares en ellas o en lugares como cines y estadios. De hecho, es mal visto que uno se queje de que alguien más está apartando un lugar, ya que denota una ausencia de comprensión y empatía al respecto. ¿Qué si la persona a la que le están apartando el lugar tiene una discapacidad que no le permite llegar más rápido? ¿Qué si llegó tarde por estar en su tercer trabajo, el cual tomó para pagar por las medicinas de su hijo Cuitláhuac, que tiene diabetes? ¿Qué si le acaban de romper el corazón y REALMENTE necesita ver Crepúsculo con su amiga Nayeli en esta función? Es por eso que un asiento apartado no está meramente apartado, sino realmente ocupado. No por nada, cuando ves un asiento vacío, en la Ciudad de México se pregunta “¿está ocupado?” en vez de “¿está apartado?”. Esto sí es sentido de comunidad, no fregaderas. 

#42 SÍ café como lubricante social

En lo que podría considerarse una secuela de #16 SÍ cafecito de la tarde, es preciso hacer notar que en el DF uno no invita gente a tomar café porque tenga ganas de tomar café. Ni siquiera lo hace por la compañía. En la Ciudad de México, “¿vamos por un café?” siempre será sinónimo de “tenemos que hablar de cosas serias.” Ya sea sobre el trabajo, amores, problemas personales, o como una excusa para entablar (o finalizar) una relación romántica con la persona, una invitación a tomar café en el DF no es algo que deba tomarse a la ligera. De la misma manera, si llegas al DF y misteriosamente tu vida social empieza a consistir de un 90% de salidas a tomar café, es muy probable que tu círculo de amigos chilangos te considere una persona de confianza. Recuerda: en el DF, uno no invita a cualquiera a tomarse un café.

#41 SÍ evadir la respuesta

Esto es más que nada una consecuencia del miedo innato que tienen los chilangos de comprometerse con cualquier cosa, pero igual vale la pena mencionarla: Un chilango promedio hará hasta lo imposible por no responder una pregunta directamente. Es decir, un intercambio como el siguiente no tendrá nada de raro en el DF:

A: ¿Quieres salir conmigo?

B: Hace mucho calor.

A: ¿Verdad? Sudo como res.

No importa si les preguntaste qué tipo de tlacoyo quieren o algo más complicado como su opinión acerca de la construcción de la nueva estación de Metrobús en CU, evadirán contestarte hasta el momento culminante en que no tengan otra opción. Si uno planea estudiar o trabajar en la Ciudad de México, es bastante seguro que se enfrentará a alguna situación en la que necesitarás información y te contestarán sin decirte nada.

La clave para evitar esto es la persistencia: más presión social equivale a más presión para responder, ya que si algo cohibe más a los chilangos que el compromiso inevadible es la posibilidad de ser humillados frente a sus conocidos. El punto en que esto se pone a tu favor es cuando tienes que decirle que no a alguien, ya que puedes evadir la respuesta indefinidamente y no habrá consecuencias.

#31 SÍ dar el avión

Una de las características más chilangas que vienen con el paquete de que disfrutan siempre estar en lo correcto es que no les molesta de forma particular que uno les de el avión en medio de una conversación. En otras partes, dar el avión significa ignorar a la persona. En la Ciudad de México, dar el avión es sinónimo de “estoy tan de acuerdo contigo y/o intimidado por tu inteligencia u opiniones, que ni siquiera necesitas mi atención.” Es decir, que te den el avión es casi un cumplido en la cultura chilanga. La etiqueta apropiada es que la persona dando el avión debe fruncir el ceño, cruzar los brazos, asentir casi llegando al exceso y usar la extraña frase “No… sí” o su variante “Nombre… sí.” Como no-chilango, es bueno aprovechar esta diferencia cultural. No es tan pesado vivir en una ciudad con tanta gente desesperada por estar en lo correcto cuando es prácticamente aceptable ignorarlos en sus caras.

#30 NO preguntar quién habla

Una conversación telefónica entre chilangos no particularmente cercanos usualmente va de la siguiente manera:

Chilango 1: ¿Bueno? (tono temeroso)
Chilango 2: ¿Hola? (tono temeroso)
C1: ¡Hola! (tono alegre)
C2: ¿Qué tal? (tono alegre)
C1: ¿Cómo estás? (tono alegre)
C2: ¿Qué tal el calor? (tono amenazador)
C1: ¡Qué feo calor! (tono amenazado)
C2: ¿Me pasas a [primer nombre, ej.: “Juan”]? (tono eficiente)
C1: ¡Con gusto! (tono sin gusto)

Una conversación telefónica usual (a la fecha) entre un chilango y yo:

Yo: Bueno. (tono equis)
Chilango: ¿Hola? (tono temeroso)
Yo: ¿Quién habla? (tono equis)
Chilango: …¿Qué tal? (tono sacado-de-onda)
Yo: …¿Quién habla? (tono levemente harto)
Chilango: …¿Podrías pasarme a [primer nombre]? (tono temeroso)
Yo: ¿Pero quién habla? (tono muy harto)
Chilango: Habla [nombre completo y colonia donde vive, ej.: “Juan Salvador Monroy Pérez, de San Jerónimo Aculco”] (tono incómodo)
Yo: Un momento. (tono equis)

Después de 3 años, he descubierto que mi falta esencial a la etiqueta chilanga es que la persona con la que quieren hablar es con la que se identificarán, al tiempo que los chilangos asumen que esa persona siempre contestará el teléfono. Así que esa es la respuesta: Si compartes casa con familia, lo mejor es sólo contestar y darle el teléfono a la persona de mayor edad o vida social más activa entre gente en edad de llamar a una casa por teléfono para asuntos como “confirmar el café de mañana” o “saludar.” Incluso ellos se acostumbrarán a no poder preguntarte quién habla antes de contestar.

#29 NO sarcasmo

Siendo yo del norte de México, donde el sarcasmo es prácticamente un dialecto, me causó una gran impresión el darme cuenta que el sarcasmo al que yo regresaba todas las noches en mi casa es prácticamente una lengua extranjera para el 99.9% de los chilangos. Rara vez te encuentras uno que lo capta; sabrás que es él o ella porque sus amigos (si es que tiene) te dirán lo “amargado”, “burlón” y “antisocial” que es. Esto se debe a que los chilangos tienen un gran amor por: a) hacer preguntas con respuestas obvias, y b) estar en lo correcto. No seguir el juego en esas dos cosas es equivalente en la cultura chilanga a ser, precisamente, ”amargado”, “burlón” y “antisocial.”

#28 NO señalar

Es cierto que señalar a personas o lugares es considerado no necesariamente apropiado en gran parte de México, pero en la Ciudad de México es peor. Es ofensivo, es igualado, es de barbajanes, es total y enteramente mal educado. Es posible que sólo estés señalando a un auto a punto de arrollar a tus amigos o a un insecto en el sombrero de alguien, pero el hecho de señalar es enteramente más ofensivo que dejarlos morir. Nadie te dice, hasta muy tarde, que es más aceptable señalar las cosas verbalmente, diciendo frases dolorosamente ambiguas como “por allá” y “a un lado.” Nadie entenderá, pero al menos no ofenderás a nadie.

#8 NO bromear sobre queso opcional en quesadillas

Para cualquiera que no haya crecido con ellas, las quesadillas de la Ciudad de México parecen más una especie de extrañas empanadas fritas que quesadillas de verdad. Además, para cualquiera que no las conoce, resulta extremadamente inusual que haya tantas opciones para rellenarlas (chicharrón, flor de calabaza, huitlacoche, champiñones, etcétera) y, efectivamente, que el queso es opcional al grado de que hay que pedirlo de forma específica. No te rías cuando tus amigos chilangos pidan “dos quesadillas de queso y una de chicharrón”. Para ellos no es gracioso, es la vida como siempre la han conocido. No intentes hacer notar que la palabra “queso” ya está en la palabra “quesadilla”. Eso no importa. Nadie sabe por qué no importa, pero NO IMPORTA. Realmente no les causa gracia a los chilangos tener que explicarse en este tema, ya que rápidamente se darán cuenta que no tiene sentido lógico lo que dicen, pero igual se rehusarán a aceptar que han dicho algo mal toda su vida. Es mejor poner tu cara de poker, decir un simple “ah, okey” cuando te aclaren que el queso es opcional, pedir tus quesadillas de queso y disfrutarlas sin preocuparte por el mal uso de las palabras.